martes, 26 de septiembre de 2017

SAN VICENTE MARÍA STRAMBI, OBISPO Y CONFESOR

 
Poco antes de la medianoche del 23 de diciembre de 1823, San Vicente María Strambi fue despertado urgentemente, requerido por Su Santidad León XII, que se encontraba gravemente enfermo.
 
Desde finales de noviembre, habiendo renunciado el obispado de Macerata y Tolentino, habitaba en el palacio del Quirinal, llamado por Su Santidad como consejero particular y director espiritual de su alma.
 
Consternado por la infausta noticia, San Vicente María Strambi voló a la cabecera del augusto enfermo. Con afecto de hijo y corazón de santo preparó a Su Santidad a recibir el santo viático, decidido a quedarse a su lado para asistirle en los últimos momentos con el conforto espiritual.
 
Mientras la respiración del Santo Padre se hacía cada vez más afanosa, San Vicente, movido de sobrenatural impulso, pidió al Papa poder celebrar inmediatamente la santa misa para obtener su curación. Se notó que aquella misa votiva pro infírmo, celebrada en la misma capilla papal, fue más larga que de costumbre, y el rostro del Santo, transformado por el recogimiento, causó maravilla en los presentes. A la Víctima del Calvario se unió la personal de San Vicente por la salud temporal de León XII.
  
Al alborear del día el Santo pasionista visitó de nuevo a Su Santidad, y en íntima confidencia personal le reveló el secreto: curaría y su vida terrena se prolongaría cinco años y cuatro meses, Dios había aceptado la inmolación de San Vicente María Strambi; el ofrecimiento de su vida por la del Papa había sido satisfactoriamente recibido por la divina Justicia.
 
El 28 de diciembre San Vicente sufre un ataque apoplético y el 1 de enero de 1824 entrega su alma a Dios. Este acto sublime del venerable anciano de setenta y nueve años era el epílogo y recapitulación de una vida consagrada al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice.
 
Nacido en Civitavecchia el 1 de enero de 1745, le concedió Dios la gracia de ser educado por unos padres de acendrada piedad. Consiguió la realización de su vocación pasionista en 1769 a la hermosa edad de veinticuatro años, después de haber terminado la carrera sacerdotal y haber ocupado los cargos de prefecto y rector del seminario.
  
La herencia del crucifijo que pide de rodillas a su padre la recibe realmente de manos de San Pablo de la Cruz, que, a la hora de la muerte, le encarga el cuidado de la Congregación. Ocupa en ella los cargos más altos y delicados de educación y gobierno, admirado por su espíritu de observancia y de oración.
  
En la soledad de los “retiros” pasionisias intensifica su preparación a la futura vida apostólica con la oración y el estudio. Serán deliciosas las horas pasadas a los pies de Jesús crucificado, siempre sediento de la sangre divina, a la que honrará con particular devoción.
  
Pero sobre todo heredará de su santo fundador el espíritu apostólico. Será en este ancho campo de la predicación donde sus servicios a la Iglesia le conseguirían el renombre de santo y de misionero.
  
Orador por excelencia, dotado de una extraordinaria capacidad de adaptación al auditorio, procuraba no sólo dirigirse a la inteligencia de sus oyentes para instruirlos, sino llegar a lo más íntimo de su corazón y de su voluntad para arrastrarles.
 
Misionero de fama y de extraordinaria eficacia, fue reiteradamente escogido por los romanos pontífices para predicar las misiones en Roma y apaciguar las sediciones y motines populares. Preferido más de una vez para dar los ejercicios espirituales al Colegio Cardenalicio y al alto clero de la Ciudad Eterna, dejará admirada la selecta asamblea por su unción apostólica y por su exacta y vasta doctrina, confirmando el parecer común que le consideraba “sumo” en este género de predicación.
 
Durante veinticinco años recorrió la Italia central en todas direcciones, aclamado como uno de los mejores predicadores de la península y quizá el más grande catequista de su siglo. Volcaba en el púlpito su corazón de padre, de pastor, de apóstol y de santo; sobre todo de santo. El fuego divino que le abrasaba se comunicaba con fuerza irresistible a su auditorio, ablandando el corazón de los pecadores más endurecidos, que venían a descargar sus culpas a los pies de aquel hombre extraordinario.
 
Identificado con Cristo crucificado, el argumento de su pasión fue siempre el tema preferido de sus predicaciones y el secreto de su elocuencia dulce y avasalladora. Cuando San Vicente hablaba de la víctima divina no hacía más que descubrir los tesoros de vida eterna que su alma contemplativa había descubierto en las llagas del Redentor. Siempre presente en el Calvario, ocupado en la contemplación extática de su amor crucificado, no es de admirar que su caldeada palabra transmitiese al auditorio la virtud divina que irradia desde la cruz.
 
En el confesionario, donde recogía los frutos de los trabajos apostólicos, fue admirada su bondad, creyéndose cada penitente objeto especial de sus atenciones. Gaspar del Búfalo, Ana María Taigi y un nutrido grupo de almas selectas encontraron en San Vicente María Strambi al director eximio, práctico y experimentado en el camino de la perfección y en los recónditos secretos de la mística, que no sólo sabía calmar sus dudas con el consejo oportuno, sino también descubrirles los amplios horizontes de la santidad más encumbrada, lanzándoles resueltamente por las más altas vías del espíritu.
 
Dotado de una gran potencia asimiladora, sus incesantes lecturas le permitieron usar de la pluma para ensanchar y perfeccionar su acción apostólica. Inspirado en la santísima pasión de Cristo, ella fue el tema preferido de sus escritos. Nada de especulación árida, fría, de vana y ostentosa erudición. El descubrimiento de los tesoros que tenemos en Jesucristo no tenía en su pluma otro fin que convencer al alma cristiana del amor que debemos a Cristo y decidirla a la práctica de las virtudes que Él nos dio ejemplo.
 
En 1801 le imponía Pío VII la aceptación del obispado de Macerata y Tolentino. En vano se resistió. La voluntad decidida y terminante del Papa puede más que todo. Consagrado obispo, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales fueron desde entonces su modelo, copiando el celo apostólico del uno y la dulzura del otro.
  
Recibido como un don de Dios para ambas diócesis, comenzó su actividad episcopal organizando grandes misiones, que predicó personalmente. Con una entrega total y sin reserva a los suyos, procuró, ante todo, conocerlos, examinando de cerca todos sus problemas para darles la más perfecta solución. A este fin empezó casi inmediatamente la visita pastoral, que se puede decir fue continua e interrumpida solamente por el destierro.
 
Su unión con Dios, aun en medio de las más absorbentes ocupaciones del gobierno pastoral, era continua y profunda. Dedicaba no menos de cinco horas diarias a la oración, viviendo todo el día como en un ambiente místico y celestial en íntima unión con Dios. Este contacto ininterrumpido con la Divinidad envolvía su persona y sus actividades como en una atmósfera sobrenatural, imprimiendo a todos sus actos de gobierno un marcado tono de la más alta espiritualidad, a la vez que de la más escrupulosa justicia y exactitud, no buscando jamás otra cosa que la gloria de Dios.
 
Su primera preocupación fueron los eclesiásticos, a cuya elevación y santificación consagró sus mejores energías. Empezó por el seminario, renovando, además del edificio material, el programa escolar y el reglamento, deseoso de acomodarlo a las necesidades de su tiempo. El seminario, en su concepto, debía ser únicamente el semillero perpetuo de los ministros de Dios, excluyendo, contra la mentalidad reinante, todo joven que no diese pruebas claras de vocación divina.
 
Los dos puntos básicos de la formación espiritual de los futuros ministros del santuario eran la comunión fervorosa, que deseaba fuese cotidiana, y la oración mental. Consideraba este ejercicio de la meditación como algo indispensable y fundamental en la vida de un sacerdote, por lo cual sometía a los ordenandos a un riguroso examen, no sólo del conocimiento teórico de la meditación, sino también de la práctica y de los frutos reales en ella conseguidos. Para facilitar a su clero el cumplimiento de esta obligación compuso una serie de meditaciones sobre los principales deberes del estado clerical y otra sobre los novísimos, que en poco tiempo alcanzó la quinta edición.
 
Con estos medios y su asidua vigilancia consiguió, en un tiempo en que la formación sacerdotal dejaba mucho que desear, elevar su seminario a un nivel tal de ciencia y santidad, que no sólo se presentaba como modelo de organización y disciplina, sino también de la piedad más acendrada. Adelantándose a su tiempo como sagaz previsor de las necesidades de la Iglesia, instituyó prácticas y métodos entonces desconocidos y que son hoy normas corrientes de formación de nuestros mejores seminarios.
 
Durante los veintidós años que duró su episcopado no dejó un solo día de seguir con vigilante y escrutadora mirada, con los más asiduos cuidados y desvelos, la educación de sus queridos seminaristas, a los que amaba como a las niñas de sus ojos. Era un padre, y como tal deseaba estar junto a sus hijos. Con ellos convivió los últimos años de su vida, preocupándose personalmente por cada uno, formándoles con su ejemplo, su consejo y sus exhortaciones. Legando su herencia al seminario, quiso perpetuar su influjo benéfico hasta después de su muerte.
  
Al par que la santidad, exigió siempre de su clero la ciencia, mostrándose inflexible en el examen obligatorio para todos los sacerdotes antes de conferirles la cura de almas o la facultad de oír confesiones.
 
Diligentísimo en el cumplimiento de todos sus deberes de obispo, no perdonó sacrificio ni molestia cuando se trataba de la gloria de Dios o de la salvación de las almas. Precedido por la fama de su santidad, su presencia se consideraba como una gracia especial de Dios, y, bajo el influjo de aquella vida sobrenatural, que no podía ocultar su humildad, se entregó sin reservas a la reforma y saneamiento moral de sus diocesanos, consiguiendo una profunda transformación religiosa.
  
Experimentado misionero, se sirvió con profusión del ministerio de la palabra para enseñar a sus diocesanos el conocimiento de la religión, convencido ser éste el único fundamento para conseguir que la práctica religiosa fuese sólida y constante. Contra el parecer e inercia de muchos, restableció la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños y al pueblo. Procuró ante todo el aumento numérico de asistencia, perfeccionó los maestros y hasta reeditó el catecismo, adaptándolo a las necesidades del tiempo e individuos.
  
Personalmente llevó la instrucción de la juventud que frecuentaba el liceo y la universidad de Macerata, predicándoles todos los domingos.
 
Confiando en que “Dios no es pobre” y convencido que los pobres eran los verdaderos “dueños” y sus “acreedores”, la generosidad de San Vicente María Strambi rayó frecuentemente en el heroísmo más sublime y desinteresado.
 
Vivía en extrema pobreza con el fin de economizar para los indigentes. Sus manos eran un canal que nada retenían. Se reconocía en él una gracia especial para pedir, que supo utilizar para alivio de los necesitados. Con frecuencia se hizo mendigo por amor de Cristo, llamando a las puertas de sus potentados amigos de Milán y de Roma, incluido el Romano Pontífice. Estará para abandonar definitivamente la diócesis camino de Roma, y dará en limosna el anillo episcopal, que era lo único que le quedaba.
  
En estas acciones caritativas era dominado por dos sentimientos diametralmente opuestos: extraordinario amor a la pobreza y un deseo vivísimo de poseer. El aparente contraste se reducía a perfecta unidad en el amor a los pobres, en quienes veía a Jesucristo. En las largas horas de oración a los pies del crucifijo, consiguió descubrir las sublimes e inefables relaciones que existen entre el Cuerpo real de Jesucristo y su Cuerpo místico, que es la Iglesia, entre el divino Paciente que agoniza en la cruz y sus miembros que sufren en los pobres.
 
Durante su vida religiosa la voz del Vicario de Cristo fue para San Vicente María Strambi la voz de Dios, y cuando los sucesores de Pedro le transmitieron su voluntad, el misionero pasionista cumplió los encargos con afectuosa y diligente sumisión filial.
 
Aceptado el obispado por directa intervención de Pío VII, que confesó hacerlo por inspiración divina, consideró como superior inmediato al Romano Pontífice. El respeto, amor y obediencia de San Vicente María Strambi al Papa es una de las notas más características de su santidad.
  
Su fe inquebrantable en la Cátedra de Pedro le hacia considerar al Santo Padre como el centro de la autoridad, el padre común de todos los fieles, el oráculo de la verdad. A toda orden del Papa, mejor, a la más mínima manifestación de su voluntad, San Vicente María Strambi repetía con fe viva y amor ardiente: “Voluntad de Dios”. A tal grado llegó esta obediencia, que, invitado por obispos y cardenales a predicar las misiones en sus diócesis, exigía antes de aceptar el consentimiento expreso del Romano Pontífice.
  
Sin miramientos humanos salía en defensa del Vicario de Cristo, y el general francés Lemarois se vio contradicho enérgicamente por el santo obispo, admirando los demás oficiales tan intrépida fortaleza.
  
La convicción que tenía del Primado de San Pedro le hacía hablar con tanta elocuencia, que causaba maravilla a sus auditores, mereciendo ser calificados estos discursos entre las mejores piezas oratorias del Santo.
 
Las circunstancias por donde le tocó atravesar le dieron ocasión de probar, con la heroicidad de los hechos, los sentimientos que albergaba en su corazón. Su amor a la Iglesia y al Papa debían pasar por el crisol de la prueba, dándonos la oportunidad de conocer su profundidad y su extraordinaria grandeza.
 
Como consecuencia de la conquista del Estado pontificio por las huestes napoleónicas en 1808, San Vicente María Strambi se vio condenado al destierro por no consentir en el juramento que se pretendía imponer a los obispos. Prefirió obedecer al Santo Padre antes que mancillar su alma con semejante cobardía. Intrépido defensor de los derechos del Papa y de la Iglesia, se vio arrancado violentamente de su amado pueblo, que le despidió con las lágrimas en los ojos, testimoniando con ello el afecto con que era circundado.
 
Durante los seis años que se vio relegado en Milán a forzado e involuntario reposo, ocupó su tiempo en obras de caridad. Pero sobre todo, como otro Moisés, no cesó de levantar los brazos y los ojos al cielo en continua oración para que Dios se apiadase de su esposa la Iglesia. Con el corazón desgarrado por los sufrimientos del supremo pastor Pío VII, al que veneraba como a un santo, le seguirá en todas las estaciones de su Viacrucis, buscando ocasión de hacerle menos dolorosos aquellos días de persecución.
 
El poder consolar con sus cartas al “dulce Cristo en la tierra” y socorrer con subsidio pecuniario al prisionero de Savona fue para San Vicente María Strambi, más bien que un simple acto de caridad, el cumplimiento de un acto de religión.
 
Lejos de los suyos corporalmente, siguió gobernando sus diócesis por medio de los vicarios generales, con los que se mantuvo en continuo contacto.
 
Volvió a Macerata en 1814; pero haciéndole ver su humildad que era incapaz para el gobierno de su grey, en 1823 insistió en la renuncia. León XII la aceptaba con la condición de que transcurriera los últimos días a su lado. En los planes de la divina Providencia el mismo Vicario de Cristo había escogido la víctima que se inmolaría por él, por el Santo Padre, para que la santa Iglesia no quedase en momentos tan borrascosos sin el capitán que la gobernase.
  
Y San Vicente María Strambi, como lo había hecho durante toda su existencia, apenas comprendió lo que Dios le pedía, se ofreció con la generosidad de hijo, que entonces se siente profundamente feliz cuando puede dar hasta la propia vida por su amado padre.
 
PAULINO ALONSO BLANCO DE LA DOLOROSA CP, Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
ORACIÓN (Del Común de los Confesores y Pontífices)
Rogámoste, Señor, que oigas benigno las súplicas que te dirigimos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice San Vicente María, y que nos libres de todos nuestros pecados, por los méritos de aquel que te sirvió con tanta fidelidad. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 24 de septiembre de 2017

ANTIGUA ORACIÓN IRLANDESA A SANTA MARÍA

Oh gran María, la más grande de las Marías, la mayor entre las mujeres, Reina de los Ángeles, Señora de los Cielos, Mujer llena y repleta con la gracia del Espíritu Santo, Bendita y benditísima, Madre de la gloria eterna, Madre de la Iglesia celestial y terrena, Madre de amor e indulgencia, Madre de la luz dorada, Honor del cielo, Heraldo de la paz, Puerta del cielo, Arca dorada, Sede de amor y misericordia, Templo de la Divinidad, Belleza de las vírgenes, Señora de las tribus, Fuente de los jardines, Expiación de los pecados, Ablución de las almas, Madre de los huérfanos, Sustentadora de los infantes, Refugio de los desdichados, Estrella del mar, Sierva de Dios, Madre de Cristo, Trono de la Divinidad, Hermosa como la paloma, Serena como la luna, Resplandeciente como el sol, Destrucción de la desgracia de Eva, Perfección de las mujeres, Jefa de las vírgenes, Jardín vallado, Fuente sellada, Madre de Dios, Virgen perpetua, Virgen santa, Virgen prudente, Virgen serena, Virgen casta, Templo del Dios viviente, Trono del Rey eterno, Santuario del Espíritu Santo, Virgen de la raíz de Jesé, Cedro del monte Líbano, Ciprés del monte Sión, Rosa purpúrea en la tierra de Jacob, Fructífera como el olivo, Floreciente como la palma, Gloriosa puérpera, Luz de Nazaret, Gloria de Jerusalén, Belleza del mundo, Nobilísima entre el pueblo cristiano, Reina de la vida, Escalera del Cielo, escucha las peticiones del pobre, no desprecies las heridas y los lamentos de los miserables.
 
Que nuestra devoción y nuestros lamentos sean llevados por Ti a la presencia del Creador, porque nosotros no somos dignos de ser escuchados por nuestros deméritos.
 
Oh poderosa Reina de cielo y tierra, borra nuestras transgresiones y pecados. Destruye nuestra maldad y depravación. Levanta a los caídos, los debilitados y los encadenados. Absuelve a los que están desahuciados. Repara por tu medio las transgresiones de nuestra inmoralidad y nuestros vicios. Revístenos de las flores y ornamentos de las buenas acciones y las virtudes. Aplaca a nuestro Juez por tus oraciones y súplicas. Por tu misericordia, no permitas que seamos contados entre los despojos de nuestros enemigos. No permitas que nuestras almas sean condenadas, antes bien, tómanos siempre bajo tu protección.
  
Además, te suplicamos y rogamos, oh Santa María, que nos obtengas por tus poderosa intercesión ante tu único Hijo, esto es, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que Dios nos defienda de toda straits y tentaciones. Obténnos también de Dios Creador el perdón de todos nuestros pecados y transgresiones, y que además podamos recibir de Él, por tu intercesión, que podamos merecer y gozarnos de habitar para siempre en el reino celestial por toda la eternidad, en presencia de los santos y las santas vírgenes del mundo, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración encontrada en el manuscrito An Leabhar Breac en irlandés medio, traducida al inglés hacia 1850-1860 por el profesor Eugene OCurry. Imprimátur concedido en 1880 por el Cardenal Edward MacCabe, Arzobispo de Dublín y Primado católico de Irlanda. El Papa Pío IX concedió, mediante breve del 5 de Septiembre de 1862, cien días de Indulgencia.

PROFANADA LA IGLESIA DE SAN ESTEBAN EN BEIT JIMAL

Nota previa: Beit Jimal (בַּיִת גִ׳מָאל/بَيْت جَمَال) es un monasterio salesiano erigido en la antigua Cafargamala (Villa de Gamaliel), lugar en el cual fueron sepultados los santos Esteban Protomártir, Nicodemo, Gamaliel y su hijo Abibas, y sus reliquias halladas por el sacerdote San Luciano el 3 de Agosto del año 415.
 
Traducción de la noticia publicada en AVVENIRE (Italia).
 
A los «daños ingentes» provocados por la destrucción de las estatuas y de las vidrieras, se agrega el profundo dolor causado «por el fanatismo de estos grupos de personas, que no quieren aceptar la diversidad y la fe del otro». Así comentó a la agencia AsiaNews monseñor Giacinto-Boulos Marcuzzo, nuevo vicario patriarcal para Jerusalén y e la Palestina, el ataque realizado en la tarde del miércoles 20 de Septiembre «por algunos fanáticos» (como él mismo los define y con toda probabilidad «extremistas judíos») a la iglesia de San Esteban en Beit Jimal. El lugar de culto es parte de un complejo gestionado por los salesianos que comprende un monasterio y un cementerio, teatro en el 2016 de una profanación.
  
Imágenes de la destrucción ocasionada en la iglesia de San Esteban (Fuente: Patriarcado Latino de Jerusalén)
 
«Estamos en un período de fiesta –agrega Marcuzzo– por el Año nuevo judío y musulmán. En este clima de alegría y celebraciones, habíamos recibido ayer la noticia de este nuevo ataque. Los vándalos han hecho irrupción en el interior de la iglesia y han destruido las cruces, la estatua de la Virgen y las vidrieras artísticas, además de los rostros de los santos». El daño, prosigue el obispo, no es solo económico sino que es debido «al mensaje fanático que este ataque contiene: una ideología que no acepta la fe, la visión del otro. En el Antiguo Testamento está escrito destruir las estatuas porque son símbolo de idolatría». Aquí, «estas personas distorsionan las Escrituras y promueven el fanatismo. Aunque no es un ataque directo a los cristianos, ciertamente es un mensaje contra los que no comparten su ideología y causan terror, porque muestra que no tienen respeto por los otros, amenazando la convivencia social».
 
La condena de la asamblea de los obispos católicos
También la Asamblea de los ordinarios católicos de Tierra Santa ha denunciado lo sucedido como “la desacración de la iglesia de San Esteban” que se encuentra en el Monasterio salesiano de Beit Jamal, no lejos de Jerusalén. «Supimos esta mañana –ha declarado Wadie Abunassar en nombre de la Asamblea– de la desacración de la iglesia por acción de desconocidos que han dejado gran destrucción más allá de haber roto las imágenes de vidrio de Cristo y de la Virgen María». «Es con disgusto y rabia –prosiguió– que nos vemos comprometidos a condenar semejantes actos criminales que se han repetido muchas veces en años recientes, mientras al mismo tiempo no vemos ni seguridad ni tratamiento educativo de apertura de las autoridades del Estado contra este fenómeno peligroso».
 
«Mientras demandamos al Estado, y a todas sus instituciones pertinentes, que trabajen para castigar a los autores del ataque y educar a la gente a no perpetrar ofensas similares, rogamos al Altísimo –siguió Abunassar– por la retirada de los autores esperando que todos los pueblos, especialmente en nuestra Tierra Santa, aprendan a coexistir el uno con el otro en amor y recíproco respeto, sin considerar la diferencia entre ellos».
 
El embajador italiano en Israel, Gianluigi Benedetti, ha hecho saber que habló esta mañana con el responsable del monasterio, don Antonio Scudo, informándose de los hechos y el lunes próximo (25 de Septiembre) se dirigirá allá para una visita de solidaridad. La policía israelí ha anunciado la apertura de una investigación sobre lo sucedido.
  
COMENTARIO DE FRATER JORGE: De hecho, con este se elevan los ataques vandálicos realizados a la iglesia de San Esteban en Beit Jimal durante los últimos cuatro años. El primero, en el año 2013, consistió en una bomba incendiaria que causó daños menores en el monasterio y pintadas con la frase “Etiqueta de precio” (תָּג מְחִיר) en un muro exterior. Y el segundo, en Junio de 2016, cuando varias lápidas cruciformes fueron derribadas por tierra.
  
Como siempre, la policía israelí dice que va a investigar, pero dudamos que se produzcan capturas por los hechos. Y para más variar, A BERGOGLIO ESO NO LE INTERESA. simplemente porque las víctimas no son ninguno de sus amigos (judíos, musulmanes, comunistas, homosexuales, etc.), sino sus súbditos, a los que supuestamente gobierna y apacienta. De razón que San Ignacio de Loyola dijera: “Más le vale a la grey no tener pastor, que tener de pastor a un lobo”.

¿DÓNDE ESTÁBAIS ESCONDIDOS, ¡OH HEREJES!, QUE HASTA AHORA OS DIGNAIS APARECER?

San Roberto Belarmino, martillo de herejes.
 
«El nuevo no es el Papismo, sino el Luteranismo. Y no nos hace que los herejes nos llamen ora omousianos, ora papistas. También estos vocablos designan la antigüedad y la nobleza de nuestra Iglesia. De hecho, ¿qué significa que Jesucristo es ‘omoúsios’ al Padre, si no que tiene en común con el Padre la sustancia y la divinidad? Por tanto, cuando somos llamados omousianos, somos apelados así por la sustancia y la divinidad de Cristo. Por igual razón, si nosotros somos dichos papistas por el Papa, como los Luteranos por Lutero, ¿quién no ve cuánto más antiguos son los Papistas que los Luteranos y los Calvinistas? En verdad Clemente y Pedro y hasta Cristo, fueron Papas, esto es, Padres y Sumos Pontífices de los Padres. Los herejes nos llaman papistas, nos llaman omousianos, pero no nos podrán llamar con razón por cualquier hombre determinado, como nosotros los llamamos a ellos por Lutero y Calvino.
  
Así es, oh oyentes. Nosotros estamos seguros en la roca de la Iglesia, y nos reímos de todos los herejes, hombres nuevos, y decímosles con Tertuliano: “¿Quiénes sois vosotros? ¿De dónde y de cuándo habeis venido? ¿Dónde os hallábais hasta ahora? ¿Dónde estuvisteis escondidos por tanto tiempo? No habíamos oído hablar de vosotros hasta ahora” (De præscriptióne hæreticórum), con San Optato: “Mostrad el origen de vuestra cátedra, vosotros que queréis atribuiros la santa Iglesia” (Epístola milevitana contra Parmeniano donatista), y con el beatísimo Hilario: “Habéis llegado demasiado tarde, os habéis despertado con mucha pereza. Nosotros ya hemos sabido lo que debemos creer de Cristo, de la Iglesia y de los Sacramentos. ¿No por cierto es sospechoso que os dejéis ver ahora por primera vez? La buena semilla fue sembrada y nació, no después, sino antes de la cizaña”.

Justamente les advertimos con San Jerónimo: “Quien quiera que seas, oh sostenedor de nuevas doctrinas, te pido guardar respeto ante las orejas romanas: muestra respeto a la fe que fue reconocida con alabanzas por la boca apostólica. ¿Por qué tientas enseñarnos lo que antes no habíamos sabido? ¿Por qué pones fuera lo que Pedro y Pablo no han querido sacar? Hasta este día el mundo ha sido cristiano sin esta tu doctrina. En cuanto a mí, tendré en la vejez aquella fe en la cual nací de niño” (Epístola a Pamaquio y Océano). Y bien oímos al mismo Jerónimo advertir paternalmente así: “Si oyereis en algún lugar a aquellos, que se dicen cristianos, llamarse no por Jesucristo el Señor, sino por algún otro, como los marcionistas, los valentinianos, los campeses o sea monteses (arrianos), sabed que ellos no son la Iglesia de Cristo, sino la sinagoga del Anticristo. Por eso mismo de que se han establecido más tarde, se colige que es de ellos que habla el Apóstol claramente cuando dice que ellos habrán venido”. En fin, temamos justamente la terrible amenaza de San Pablo Apóstol: “Pero aun cuando nosotros, o un ángel del cielo, os anunciase un evangelio distinto al que os hemos enseñado, sea anatema” (Gálatas 1, 8)».
  
SAN ROBERTO BELARMINO SJ. Gran Catecismo de la Doctrina Cristiana, cap. 2: Antigüedad de la Iglesia Católica.

sábado, 23 de septiembre de 2017

LA INSTRUMENTALIZACIÓN DEL PADRE PÍO POR LA IGLESIA CONCILIAR PARA JUSTIFICAR LA FALSA OBEDIENCIA

Traducción del artículo publicado en NON PRÆVALEBUNT
  
Hoy es muy conveniente crear confusión al interior de la Iglesia. Los enemigos están bien contentos de ver a la Iglesia Católica presa de una profunda crisis doctrinal y disciplinaria, esperando que todo ello acelere su definitiva desaparición de la escena social y política. El último falso profeta en llevar agua a su molino es el prior Enzo Bianchi, que se presenta como el prior de la Comunidad de Bose, que algunos católicos consideran ser una nueva orden monástica, cuando canónicamente no lo es, porque no respeta las leyes de la Iglesia sobre la vida común religiosa. Algunos lo tienen como un maestro de espiritualidad… Enzo Bianchi viste los ropajes del “profeta” que lucha por la llegada de un cristianismo nuevo (un cristianismo que debe ser moderno, abierto, no jerárquico y no dogmático, esto es, en sustancia, no católico).
 
El hecho de que los media a servicio del género comprenda hasta qué punto de confusión doctrinal y de insensibilidad pastoral se ha llegado en la Iglesia.
  
No se enseña ni qué es el Evangelio, ni la obediencia, mucho menos el significado de la palabra humildad... Sabemos que muchos “católicos” en la Nueva Iglesia se sienten perfectamente en su camino. Es bello poder caminar libremente sin el temor de ofender a Dios; es bello sentirse predicar ciertas nuevas doctrinas que liberen de la obligación de poner en práctica la Santa y milenaria doctrina, es bello para muchos decir que el Evangelio había sido malinterpretado por dos mil años. Algunas personas me han dicho que si Bergoglio dice una cosa es seguramente justa porque existe el “dogma de la infalibilidad papal”; por lo que ¡Bergoglio sería hasta más infalible que el mismo Evangelio!
  
¿Tales creencias son debidas a la ignorancia? ¿O a la comodidad que las aperturas y el Sínodo pudieron dar a todos los pecadores impenitentes que podrán engañarse de salvarse sin el arrepentimiento y la generosa reparación por sus pecados?
  
A menudo tenemos la posibilidad de saber los nombres y apellidos de aquellos católicos protestantizados que votaron a favor del divorcio y del aborto y continúan siguiendo la utopía de un catolicismo englobado a las ideologías políticas liberal-siniestroide, invocando la infalibilidad de ciertos eclesiásticos y el querer abrir su misericordia a los pecadores impenitentes, que bajo la máscara de la falsa piedad desearían mostrarse aun más misericordiosos que Dios mismo (¡!)
  
Necesitaría recordar los pasajes del Evangelio y aquella puerta estrecha indicada por Jesús, mediante la cual nos ha exhortado entrar. ¡Pero seguir el Evangelio no es fácil! Lo sé, ¿quién ha dicho que lo sea? Quien escribe sabe muchísimo cuán difícil es caminar sobre la senda trazada por Cristo, cuán fácil es caer y cuán imposible sería levantarse si la Gracia de Dios no viniese en auxilio del penitente, que no obstante su pecado otra cosa no desea que levantarse y santificarse para poder así vivir eternamente en comunión con Él. Ah sí, porque el pecado es un problema nuestro y no de Dios, cuál humildad podría reivindicar el pecador que desea un Dios a la altura de sus tiempos, obviamente. La Humildad significa de hecho la gozosa sumisión a Dios y a Su Ley y el reconocimiento del don de la Gracia en el camino de Santidad, unido al Sacrificio de Cristo sin el cual ningún hombre puede salvarse.
  
Si algunos discípulos abandonaron a Jesús por la dureza de la Doctrina por Él predicada, y si Jesús no reclama que ellos permanecieran preguntando a los otros: “¿Vosotros también queréis iros?”. Hoy somos llamados a responder con las palabras de San Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes palabras de Vida eterna”, agregando: “No gracias, no estamos en busca de ilusiones, queremos seguir la doctrina que ha sido fielmente transmitida por los Apóstoles y que la Iglesia ha custodiado por milenios”.
 
Buscamos por tanto entender a qué refiere exactamente el término “autoridad papal”, y explicar que ningún pontífice está por encima de la Verdad, desechando de nuestros corazones todo compromiso con el mundo moderno e ilusiones de Libertad sin Verdad.
 
El dogma de la infalibilidad papal (o infalibilidad pontificia) afirma que el papa no puede equivocarse cuando habla ex cáthedra, o sea, como doctor o pastor universal de la Iglesia (epíscopus servus servórum Dei). Aunque, el dogma vale solo cuando ejercita el ministerio petrino proclamando un nuevo dogma o definiendo una doctrina en modo definitivo como revelada.
  
De hecho, según la doctrina, el magisterio extraordinario de la Iglesia, ejercitado exclusivamente por el Papa, en ciertos casos no posee el carácter de la infalibilidad cuando el Papa mismo no usa explícita y declaradamente (en forma de hacerlo comprender enseguida a todos los fieles) este carisma, de que Cristo ha dotado a la Iglesia para que sea sacramento universal de salvación. Las enseñanzas de los obispos en cambio, no son cubiertas bajo la infalibilidad papal, y de hecho no son absolutamente citadas en la definición del dogma, así como lo expresa la constitución apostólica Pastor Ætérnus, tampoco si la totalidad de los obispos, que están en comunión con el papa, tiene este carisma.
  
De este importante documento del Concilio Vaticano -fácilmente descargable por internet- se evidencia claramente que la definición de “infalibilidad” papal es solo en condiciones determinadas, o sea, si está vinculada con el Evangelio y con la tradición de la Iglesia. Por tanto la pastoral de un Papa podría ciertamente NO SER INFALIBLE (clic aquí). En la acción pastoral el papa es falible como cualquier persona, como ha sucedido en los siglos pasados en el caso del Papa Pío VII, que cedió a los compromisos con Napoleón I, para después retractarse reconociendo el error.
  
El valor de la Tradición es tal que también las Encíclicas y los otros documentos del Magisterio ordinario del Sumo Pontífice en los cuales no se quiere definir ni obligar a creer son infalibles solamente en las enseñanzas confirmadas por la Tradición (Pío IX, Carta Tuas libénter, 1863), esto es, por una continua enseñanza de la doctrina, realizada por diversos Papas y durante un largo período de tiempo.
    
Después de haber explicado la “no infalibilidad” pastoral, pasemos a determinar el significado de la palabra “humildad”.
 
Está muy de moda por ahora hablar del Padre Pío y de su agonía de dos años en una celda de clausura del convento por órdenes de Juan XXIII bis.
  
Sabemos muy bien que el grandísimo santo, San Pío de Pietrelcina, desde el inicio señaló en el Concilio Vaticano II un posible gran peligro para la Iglesia de Cristo. La pregunta es: ¿Habría aceptado Padre Pío una doctrina diversa a la transmitida por los Apóstoles? ¡Obvio que NO!
  
Conocemos muy bien la intransigencia del Padre Pío en el defender la pureza de la doctrina y la pureza de las virtudes, como tuvieron modo de conocerla todos aquellos falsos penitentes que por la curiosidad se acercaban al confesionario quedando desenmascarados de su malicia, estando el padre Pío dotado del “don de conocimiento”.
  
La instrumentalización de la obediencia del Padre Pío es por tanto inoportuna y carente de sentido.
  
Primer argumento: los problemas que dieron inicio a la persecución contra el P. Pío no eran concernientes a cuestiones de Fe, sino a acusaciones relativas a su conducta de vida personal y la no autenticidad de los fenómenos místicos que le rodeaban.
  
En el caso de los tradicionalistas, la puesta en juego es en cambio tan diversa e incomparablemente más importante. Aquí se trata de defender el depósito de la Fe claramente puesto en peligro por doctrinas como el ecumenismo, la libertad religiosa, la colegialidad episcopal, la negación de la naturleza sacrifical de la Santa Misa y la sacralidad e indisolubilidad del matrimonio compuesto por un hombre y una mujer.
   
Nadie tiene el derecho de vender estos valores fundamentales, ni parece justo delegar exclusivamente a la Divina Providencia un deber como es la defensa de la Fe, que corresponde, en realidad, a cada fiel individualmente considerado. Sería como pedirle a un padre que no trabaje, aunque esté en condiciones de hacerlo, porque, a fin de cuentas, se cree que Dios alimentará a sus hijos.
  
Segundo argumento. A quien objeta que las Verdades de Fe son exclusivamente las expresadas por el “Magisterio viviente” y no las que aparecen en el Catecismo, explicitadas constantemente por la Iglesia Docente y elaboradas por nuestra recta conciencia, se puede responder fácilmente que, si a tanto iban verdaderamente las cosas, no tendría sentido alguno la instrucción religiosa. Bastaría sintetizar todo catecismo en la fórmula: “¡Obedece a tu Párroco y… dobla la cerviz!”.
  
La Fe, como bien sabemos, trasciende nuestra razón pero no la contradice. La razón también es un don de Dios, y tanto quien no la utiliza, como, al contrario, quien la absolutiza, no puede ser agradable al Altísimo.
  
Como se puede ver, por tanto, quien invoca, a menudo en mala fe, al Padre Pío para convencer a clérigos y fieles a la aquiescencia pasiva frente a órdenes claramente injustas, habla a despropósito y busca hacer hincapié inopinadamente sobre la gran devoción popular de la cual está rodeado el gran místico capuchino. Él fue, al contrario, siempre muy intransigente en la defensa de la Fe Católica y no faltaron, en su vida, episodios en que él reprobó ásperamente a hombres de Iglesia rehusando sujetarse a sus pretensiones.
 
Basta recordar, para tal propósito, el claro rechazo opuesto por el fraile, en 1920, al padre Agostino Gemelli que, por encargo del Santo Oficio, le había perentoriamente ordenado de mostrar sus heridas.
   
Fidelidad, por consiguiente, es no modernidad, la palabra de Dios es eterna, Dios no cambia de opinión.
 
«[Jesús dijo a los judíos que creían en él]: “Si permanecéis fieles a mi palabra, seréis de veras mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Le respondieron: “Nosotros somos descendencia de Abraham y no hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir: ‘Seréis libres’?”. Jesús respondió: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo del pecado”». (Juan 8, 31-34).
  
Floriana Castro

lunes, 18 de septiembre de 2017

CADA QUIÉN SE SANTIFICA SEGÚN SU TEMPERAMENTO, SU CARÁCTER PROPIO

Tomado de SOCIEDAD RELIGIOSA SAN LUIS REY DE FRANCIA.
  
Mons. Luis María Martínez y Rodríguez, Arzobispo Primado de México (1881-1956)
  
“Hay personas muy serias, otras personas muy sonrientes; unas abiertas y otras cerradas. Esos elementos vienen a constituir el carácter psicológico que no es ni bueno ni malo, se puede ir al cielo con un carácter serio como con un carácter jocoso: tanto se puede ir con un carácter abierto como con uno cerrado. Muchas veces esos caracteres tienen algunas exageraciones, algunos desórdenes; eso sí hay que quitarlos, lo que sea moral, lo que dependa de nuestra libertad, pero lo psicológico no, ni conviene.
  
Porque digámoslo al pasar, no hay cosa peor que querer cambiar nuestro carácter en lo que tiene de natural. Desde luego es perder el tiempo, lo que seria ya razón suficiente. Además de que fácilmente podemos lastimar nuestra alma queriendo modificarlo.
  
Porque debemos advertir que la gracia está fundada sobre la naturaleza, de manera que ésta, es decir, las cualidades, los elementos que constituyen nuestro carácter natural, Nuestro Señor nos lo dio para que con él nos santifiquemos, y entra ya perfectamente en sus designios, es como base, como fundamento, ¿Cómo queremos destruirlo?
  
Vemos que hay santos de todos los caracteres: unos son fogosísimos como San Pablo, que apenas lo arrojó Nuestro Señor del caballo en el camino de Damasco y ya está preguntando: ¿Y ahora que voy hacer? No se puso a reflexionar qué había sucedido, no, lo primero: ‘¿Dómine, quid me vis facére?’. Es un hombre de acción, un hombre de fuego. Le acaba de quitar una empresa, que era la de perseguir a Cristo… ¡Bien, pues que me den otra!

En cambio San Juan, tranquilo, apacible, dulce, que no les decía otra cosa a sus discípulos sino: ‘Hijitos míos, amaos los unos a los otros’. ¡Qué contraste!
  
Unos santos, como San Francisco de Asís con un corazón inmenso, todo ternura, amando hasta el sol y las estrellas y el agua y todo lo que se le presentaba delante; y otros santos ha habido que no querían ni levantar los ojos para no perder su recogimiento interior.
  
Unos santos como Santa Teresa de Jesús, limpia, aseda, que le pedía a Dios que sus religiosas no tuvieran parásitos… Santiago Apóstol no se rasuraba ni se cortaba el pelo ni se bañaba ni nada… Y tan santos eran unos como otros, porque cada quien se santifica según su temperamento, su carácter propio.
  
Y cuando uno quiere quitar su carácter desde luego pierde la sencillez, se vuelve artificial, afectado; eso no es lo que Nuestro Señor nos pide; y lo que es todavía peor, se corre verdaderamente el riesgo de lastimar, de forzar el alma y, muchas veces, hasta de fracasar. No, cada quien tiene que ir al cielo con la cara y con el carácter que Dios le dio; ni modo de cambiar una y otra cosa.
  
Lo que si hay que procurar cambiar es el carácter moral, pero el psicológico, no.
  
Tengamos por cierto que con cualquier carácter, con cualquier temperamento se puede ir al cielo y que sería peligrosísimo querer uno cambiar de carácter. Yo he visto casos prácticos de personas que han verdaderamente fracasado, teniendo por otra parte muy buenas cualidades, porque quisieron acomodarse al carácter de otro.
  
Y por eso es tan peligroso andar uno imitando a los hombres. A Nuestro Señor sí lo podemos imitar sin peligro; siendo tan grande como es, es modelo de todos, chicos y grandes. Pero a los hombres, si hay que imitarlos, se necesita mucha discreción; porque muchas veces andamos imitando a una persona en aquello que tiene de propio, de personal, de individual, de acomodado a su carácter; queremos meternos en aquel cartabón y resultamos sencillamente ridículos, porque no es lo natural ni es por ahí por donde Nuestro Señor nos llama”.
 
Mons. LUIS MARÍA MARTÍNEZ Y RODRÌGEZ (Arzobispo de México DF). Espiritualidad de la Cruz.

viernes, 15 de septiembre de 2017

RESPONSORIO EN HONOR DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Cuando nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán estaba en su lecho de muerte, consolaba a sus dolientes hermanos con la promesa de que después de su muerte les ayudaría más de lo que hizo en vida. En esta promesa, los dominicos recitan este responsorio tomado de las Vísperas de su festividad.
 
Antíphona. O spem miram, quam dedísti mortis hora te fléntibus, dum post mortem promisísti te profutúrum frátribus!
℟. Imple, Pater, quod dixísti, nos tui juvans précibus.
℣. Qui tot signis claruísti in ægrórum corpóribus, nobis opem ferens Christi, ægris medére móribus.
℟. Imple, Pater, quod dixísti, nos tui juvans précibus.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spíritu Sancto.
℟. Imple, Pater, quod dixísti, nos tui juvans précibus.
℣. Ora pro nobis, beáte pater Domínice.
℟. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
 
ORATIO
Deus, qui Ecclésiam tuam beáti Domínici Confessóris tui Patris nostri illumináre dignátus es méritis et doctrínis: concéde; ut ejus intercessióne temporálibus non destituátur auxíliis, et spirituálibus semper profíciat increméntis. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.

TRADUCCIÓN
Antífona. ¡Oh admirable esperanza, que diste a los que te lloraban en la hora de la muerte, prometiéndoles que después de tu tránsito ayudarías a tus hermanos!
℟. Cumple, oh Padre, lo que dijiste: ayúdanos con tus preces.
℣. Tú que resplandeces con tantos milagros en los cuerpos de los enfermos, impétranos la ayuda de Cristo para sanar nuestras costumbres enfermas.
℟. Cumple, oh Padre, lo que dijiste: ayúdanos con tus preces.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Cumple, oh Padre, lo que dijiste: ayúdanos con tus preces.
℣. Ruega por nosotros, bienaventurado Padre Santo Domingo.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Oh Dios, que te dignaste esclarecer a tu Iglesia con los méritos y la doctrina de tu confesor, nuestro padre el bienaventurado Santo Domingo, concédenos que, por su intercesión, no seamos privados de los socorros temporales, y que tengamos continuos progresos espirituales. Por J. C. N. S. Amén.

El Papa León XIII, mediante rescripto del 23 de Agosto de 1890, otorgó Indulgencia de 500 días cada vez, para cada día del año. Plenaria aplicable a los difuntos, con las condiciones de rigor, en las fiestas de Santo Domingo (Tránsito, 4 de Agosto; Traslación de reliquias, 24 de Mayo; Aparición de su imagen en Soriano, 15 de Septiembre), para quienes lo recitan diariamente durante un año.

jueves, 14 de septiembre de 2017

“VEO SU SANGRE SOBRE LA ROSA”

Veo su sangre sobre la rosa
Y en las estrellas la gloria de sus ojos,
Su cuerpo brilla en medio de las nieves eternas,
Sus lágrimas caen de los cielos.
 
Veo su rostro en cada flor;
El trueno y el canto de los pájaros
Están aunque su voz, tallada por su poder
Las rocas son sus palabras escritas.
  
Todos los caminos por sus pies están gastados,
Su fuerte corazón agita el mar siempre en movimiento,
Su corona de espinas esta entrelazada con cada espina,
Su cruz es cada árbol.

JOSÉ MARÍA PLUNKETT (Mártir de la independencia irlandesa)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA ALIANZA LUTERO-HITLER

«La lucha de Hitler y la doctrina de Lutero, [son] la mejor defensa del pueblo alemán» (Cartel electoral del NSDAP, 1933)
   
A cien años del nacimiento de Hitler, queremos hacer una puntualización. Está dedicada a aquellos católicos que sólo entonan el mea culpa en respuesta al viejo coro de acusaciones, como si la Iglesia fuera la responsable de aquel cristiano austriaco.
  
Pero la verdad es ésta: en mayor o menor medida, todos comparten la responsabilidad de lo acaecido entre 1933 y 1945. Sin embargo, si Alemania hubiera sido católica, no habría responsabilidades que echarse en cara: el nacionalsocialismo habría seguido siendo una facción política impotente y folclórica.
  
Primero fueron Lutero y sus sucesores y luego, en el siglo XIX, Otto von Bismarck, quienes intentaron, con toda la violencia a su alcance, desterrar de Alemania el catolicismo, considerado como una sumisión a Roma indigna de un buen patriota alemán. El «Canciller de Hierro» definió su persecución de los católicos como Kulturkampf, «lucha por la civiliza­ción», con el fin de separarlos por la fuerza del papado «extranjero y supersticioso» y hacerlos confluir en una activa Iglesia nacional, al igual que pretendían los luteranos desde siglos atrás. No lo consiguió y al final fue él quien se vio obligado a ceder (sin embargo, la fidelidad a Roma fue hasta 1918 una deshonra que impedía el ascenso a los altos escalafones del Estado y del Ejército).

El canciller luterano de Prusia, Otto von Bismarck, aprovechándose el rechazo de varios católicos germanoparlantes al dogma de la Infalibilidad Pontificia ex cáthedra por el Papa Pío IX, impulsó leyes restrictivas contra la Iglesia (aunque el fenómeno abarcó también a Suiza -donde se acuñó el término Kulturkampf-, Austria e Italia). (Caricatura «Entre Berlín y Roma», por Wilhelm Scholz para el diario satírico alemán Kladderadatsch, 16 de Mayo de 1875)
 
Después de la Reforma luterana, sólo un tercio de los alemanes siguió siendo católico. Hitler no llegó al poder mediante un golpe de Estado, lo hizo con toda legalidad, mediante el democrático método de elecciones libres. No obstante, en ninguna de aquellas elecciones obtuvo mayoría en los Länder católicos, los cuales, obedientes (entonces lo eran...) a las indicaciones de la jerarquía, votaron unidos, como siempre, por su partido, el glorioso Zentrum, que ya había desafiado victoriosamente a Bismarck y que también se opuso a Hitler hasta el último momento.
  
El partido católico Deutsche Zentrumspartei tenía claro que los comunistas y los nazis, aunque disímiles en sus ideales, compartían un objetivo común: destruir a la Iglesia y al país en el proceso (cartel electoral de 1932).
  
Y esto fue (dato que se olvida pronto), lo que no hicieron los comunistas, para quienes, hasta 1933, el enemigo principal no era el nazismo, sino la «herética» socialdemocracia. Se ha hecho todo lo posible para que olvidemos que Hitler nunca habría desencadenado la guerra sin la alianza con la Unión Soviética que, en 1939, bajó al campo de batalla con los nazis para dividirse Polonia. Y fueron los soviéticos quienes, al librar a Hitler de la amenaza del doble frente, le permitieron llegar hasta París, después de conquistar Varsovia. Hasta la «traición» de Hitler en el verano de 1941, las materias primas rusas sostuvieron el esfuerzo germano durante sus buenos veintidós meses. Los motores de los carros de combate nazis del Blitz en Polonia y en Francia y los aviones de la batalla de Inglaterra rodaron con el petróleo de la soviética Bakú. Hasta esa fecha, en los países ocupados, como Francia, los comunistas locales obedecían las directrices de Moscú y estaban de parte de los nazis, no de la resistencia.
  
Sirvan estos hechos por las décadas de alardes de «importantes méritos antifascistas» del comunismo internacional, tan predispuesto a definir a los católicos (los «clérigo-fascistas») de encubridores de la gran tragedia. No son méritos los que ostentan los comunistas sino responsabilidades gravísimas. Al nazismo no lo venció de ningún modo la iniciativa de Stalin, quien, por el contrario, se sintió traicionado por el ataque imprevisto de la aliada Berlín. Lo venció la resistencia, de cuyos méritos intentó luego apropiarse el marxismo, tras una decisión tardía y obligada por el revés alemán.
 
El nazismo cayó gracias a la obstinación de Inglaterra, que consiguió atraer tras de sí a la potencia industrial americana y que, de acuerdo con su política tradicional más que por motivos ideales (el propio Churchill había sido admirador de Mussolini y tuvo palabras de aprecio y elogio para Hitler; además, el partido fascista local recogía simpatía y apoyo en la isla), nunca había soportado la existencia de una potencia hegemónica en la Europa continental. Así había ocurrido con Napoleón y la entrada en la guerra de 1914: ésta no fue una guerra de principios sino de estrategia imperial. A principios de siglo, la Gran Bretaña victoriana no había mostrado intenciones y procedimientos muy distintos de los de la Alemania hitleriana contra los bóers sudafricanos. Por desgracia, en política (y en la guerra, que es su continuación), no existen los paladines de ideal in­maculado.
  
Volviendo al ascenso de Hitler, recordaremos que, también en las decisivas elecciones de marzo de 1933, los Länder protestantes le proporcionaron la mayoría, pero las zonas católicas lo mantuvieron en minoría. El presidente Hindenburg, respetando la voluntad de la mayoría de los electores, confió la cancillería a aquel austriaco de cuarenta y cuatro años, de orígenes oscuros (quizás parcialmente judío, según algunos historiadores). El 21 de marzo, día de la primera sesión del Parlamento del Tercer Reich, Goebbels proclamó el «Día de la Revancha Nacional». Las solemnes ceremonias se abrieron con un servicio religioso en el templo luterano de Postdam, antigua residencia prusiana.

Durante las elecciones al Reichstag del 31 de Julio de 1932, el partido nazi obtuvo el 37,4% de votos (mapa de la izquierda), pero perdió en los distritos de mayoría católica (mapa de la derecha). (Mapas provenientes del libro «Cristianos contra Hitler», de José Manuel García Pelegrín)
  
Joachin Fest, el biógrafo de Hitler, escribe: «Los diputados del católico Zentrum tenían permiso para entrar en el servicio religioso (luterano) de la iglesia de los santos Pedro y Pablo sólo por una puerta la­teral, en señal de escarnio y venganza. Hitler y los jerarcas nazis no se presentaron “a causa -dijeron- de la actitud hostil del obispado católico”». La famosa foto de Hindenburg estrechando la mano de un Hitler vestido con casaca se realizó en los escalones del templo protestante. «Inmediatamente después -escribe Fest- el órgano entonó el himno de Lutero: Nun danket alle Gott, Ahora todos demos gracias a Dios». Era el principio de una tragedia que vería el asesinato de cuatro mil sacerdotes y religiosos católicos, por el mero hecho de serlo.
  
En un acto organizado por el futuro ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels, Adolfo Hitler (vestido de civil), saluda al presidente Paul von Hindenburg al llegar a la luterana Garnisonkirche de Postdam el 21 de Marzo de 1933.
 
Desde 1930, en la Iglesia luterana los Deutschen Christen (los Cristianos Alemanes) se habían organizado siguiendo el modelo del partido nazi en la «Iglesia del Reich» que sólo aceptaba a bautizados «arios». Después de las elecciones de 1933, Martin Niemoller, el teólogo que luego se pasó a la oposición, «en nombre -escribió- de más de dos mil qui­nientos pastores luteranos no pertenecientes a la “Iglesia del Reich”», envió un telegrama a Hitler: «Saludamos a nuestro “Führer”, dando gracias por la viril acción y las claras palabras que han devuelto el honor a Alemania. Nosotros, pastores evangélicos, aseguramos fidelidad absoluta y encendidas plegarias».
  
Se trata de una larga y penosa historia que, también en julio de 1944, tras el fallido atentado a Hitler, mientras lo que quedaba de la Iglesia católica alemana guardaba un profundo silencio, los jefes de la Iglesia luterana enviaban otro telegrama: «En todos nuestros templos se expresa en la oración de hoy la gratitud por la benigna protección de Dios y su visible salvaguarda». Una pasividad, que, como veremos, no fue casual.
  
La historia no perdona. Tal vez deje que pasen los siglos, pero a la larga no se olvida de nadie, llevando la luz a todos los rincones. En este tout se tient, todo encaja, incluida la relación directa entre la reforma luterana y la docilidad alemana frente al ascenso del nacionalsocialismo, por un lado, y, por el otro, la fidelidad absoluta al régimen hasta el fin, pese a alguna excepción tan heroica como aislada.
   
Recordábamos cómo, ya desde 1930, los protestantes se organizaron en la «Iglesia del Reich» de los Deutschen Christen, los «Cristianos Alemanes», cuyo lema era: «Una nación, una Raza, un Führer». Su proclama: «Alemania es nuestra misión, Cristo nuestra fuerza». El estatuto de la iglesia se modeló según el del partido nazi, incluido el denominado «párrafo ario» que impedía la ordenación de pastores que no fueran de «raza pura» y dictaba restricciones para el acceso al bautismo de quien no poseyera buenos antecedentes de sangre.

Joachim Hossenfelder, obispo luterano de Brandenburgo y fundador de los Deutschen Christen, dando un discurso en medio de la celebración del nacimiento de Martín Lutero (Berlín, 19 de Julio de 1933)
  
Entre otros documentos que han de hacer reflexionar a todos los cristianos, pero de manera muy especial a los hermanos protestantes, citamos la crónica enviada por el corresponsal en Alemania del acreditado periódico norteamericano Time, publicado en el número que lleva fecha del 17 de abril de 1933, es decir, un par de meses después del ascenso a la cancillería de Hitler:
«El gran Congreso de los Cristianos Germánicos ha tenido lugar en el antiguo edificio de la Dieta prusiana para presentar las líneas de las Iglesias evangélicas en Alemania en el nuevo clima auspiciado por el nacionalsocialismo. El pastor Hossenfelder ha comenzado anunciando: “Lutero ha dicho que un campesino puede ser más piadoso mientras ara la tierra que una monja cuando reza. Nosotros decimos que un nazi de los Grupos de Asalto está más cerca de la voluntad de Dios mientras combate, que una Iglesia que no se une al júbilo por el Tercer Reich”». [Alusión polémica a la jerarquía católica que se había negado a «unirse al júbilo». N. del E.]
   
El Time proseguía: «El pastor doctor Wieneke-Soldin ha añadido: “La cruz en forma de esvástica y la cruz cristiana son una misma cosa. Si Jesús tuviera que aparecer hoy entre nosotros sería el líder de nuestra lucha contra el marxismo y contra el cosmopolitismo antinacional”. La idea central de este cristianismo reformado es que el Antiguo Testamento debe prohibirse en el culto y en las escuelas de catecismo dominical por tratarse de un libro judío. Finalmente, el Congreso ha adoptado estos dos princi­pios: 1º “Dios me ha creado alemán. Ser alemán es un don del Señor. Dios quiere que combata por mi germanismo”; 2º “Servir en la guerra no es una violación de la conciencia cristiana sino obediencia a Dios”».
  
La penosa extravagancia de los Deutschen Christen no fue la de un grupo minoritario sino la expresión de la mayoría de los luteranos: en las elecciones eclesiásticas de julio de 1933 los «cristonazis» obtenían el 75 % de los sufragios de parte de los mismos protestantes que, a diferencia de los católicos, en las elecciones políticas habían asegurado la mayoría par­lamentaria al NSDAP (el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes).
   
Todo esto (como ya anticipábamos) no es casual, sino que responde a una lógica histórica y teológica. Como explica el cardenal Joseph Ratzinger, un bávaro que en 1945 tenía dieciocho años y estaba alistado en la Flak, la artillería contraaérea del Reich:
«El fenómeno de los “Cristianos Alemanes” ilumina el típico peligro al que está expuesto el protestantismo frente al nazismo. La concepción luterana de un cristianismo nacional, germánico y antilatino, ofreció a Hitler un buen punto de partida, paralelo a la tradición de una Iglesia de Estado y del fuerte énfasis puesto en la obediencia debida a la autoridad política, que es natural entre los seguidores de Lutero. Precisamente por estos motivos el protestantismo luterano se vio más expuesto que el catolicismo a los halagos de Hitler. Un movimiento tan aberrante como el de los Deutschen Christen no habría podido formarse en el marco de la concepción católica de la Iglesia. En el seno de esta última, los fieles hallaron más facilidades para resistir a las doctrinas nazis. Ya entonces se vio lo que la Historia ha confirmado siempre: la Iglesia católica puede avenirse a pactar estratégicamente con los sistemas estatales, aunque sean represivos, como un mal menor, pero al final se revela como una defensa para todos contra la degeneración del totalitarismo. En efecto, por su propia naturaleza, no puede confundirse con el Estado -a diferencia de las Iglesias surgidas de la Reforma-, sino que debe oponerse obligatoriamente a un gobierno que pretenda imponer a sus miembros una visión unívoca del mundo».
  
En efecto, el típico dualismo luterano que divide el mundo en dos Reinos (el «profano» confiado sólo al Príncipe, y el «religioso» que es competencia de la Iglesia, pero del cual el propio Príncipe es Moderador y Protector, cuando no su Jefe en la tierra), justificó la lealtad al tirano. Una lealtad que para la mayoría de los cargos de la Iglesia protestante se llevó hasta el final: ya vimos el mensaje enviado al Führer cuando, después de escapar del atentado de julio de 1944, ordenó acabar con la conjura (en la que estaban implicados, entre otros, oficiales de la antigua aristocracia y la alta burguesía católica) con un baño de sangre.
  
Si en la época del ascenso al poder del nazismo no hubo movimientos de resistencia apreciables, ya en 1934 una minoría protestante se aglutinaba en torno a la figura no de un alemán sino del suizo Karl Barth, tomando distancias respecto a los Deutschen Christen y organizándose luego en el movimiento de la Bekennende Kirche «Iglesia confesante», que tuvo sus propios mártires [sic], entre ellos al célebre teólogo Dietrich Bonhoffer. Sin embargo, como menciona Ratzinger, «precisamente porque la Iglesia luterana oficial y su tradicional obediencia a la autoridad, cualquiera que fuera ésta, tendían a halagar al gobierno y al compromiso en servirlo también en la guerra, un protestante necesitaba un grado de valor mayor y más íntimo que un católico para resistir a Hitler». En resumidas cuentas, la resistencia fue una excepción, un hecho individual, de minorías, que «explica por qué los evangélicos -prosigue el cardenal- han podido jac­tarse de personalidades de gran relieve en la oposición al nazismo». Era necesario un gran carácter, enormes reservas de valor, una inusual convicción para resistir, precisamente porque se trataba de ir contra la mayoría de los fieles y las enseñanzas mismas de la propia iglesia.
  
Naturalmente, dado que la historia de la Iglesia católica es también la historia de las incoherencias, de sus concesiones, de los yerros del «personal eclesiástico», no todo fue un brillo dorado ni entre la jerarquía ni entre los religiosos y fieles laicos.
  
Se ha discutido mucho, por ejemplo, acerca de la oportunidad de la firma en julio de 1933 de un Concordato entre el Vaticano y el nuevo Reich. Ya lo habíamos mencionado, pero vale la pena repetirlo, al igual que continuamente se repiten las acusaciones contra la Iglesia por este asunto.
  
En primer lugar hay que considerar -y esto, naturalmente, vale para todos los cristianos, sean católicos o protestantes- que hacía pocos meses desde el advenimiento a la Cancillería de Adolf Hitler, que todavía no había asumido todos los poderes y por lo tanto no había revelado al completo el rostro del régimen, cosa que sólo se aprestaría a hacer inmedia­tamente después. Recuérdese que hasta 1939, el primer ministro británico Chamberlain defendía la necesidad de una conciliación con Hitler y que el mismo Winston Churchill escribió (algo que, para mayor apuro de los aliados, recordarían los acusados en el Proceso de Núremberg): «Si un día mi patria tuviera que sufrir las penalidades de Alemania, rogaría a Dios que le diera un hombre con la activa energía de un Hitler».
   
Joseph Lortz, historiador católico de la Iglesia, que vivió aquellos años en Alemania, su país, dice: «No hay que olvidar nunca que durante mucho tiempo, y de una forma refinadamente mentirosa, el nacionalsocialismo ocultó sus fines bajo fórmulas que podían parecer plausibles». Ahora nosotros juzgamos aquellos años sobre la base de la terrible documentación descubierta: pero sólo después. Como se demostró en el mismo Proceso de Núremberg, sólo muy pocos de los miembros de las altas esferas sabían lo que en realidad estaba sucediendo en los campos de concentración (para judíos; pero también para gitanos, homosexuales, disidentes o presos comunes, en su mayoría eslavos). Las órdenes para la «solución final del problema judío» se mantuvieron con tal reserva que no tenemos ningún rastro escrito de las mismas, hecho que permite a los historiadores «revisionistas» poner en duda que hubiesen llegado a proclamarse.
  
En cualquier caso, en lo referente al Concordato de 1933 cabe señalar que no debía de ser un texto tan impresentable si, aunque con alguna modificación, todavía sigue vigente en la República Federal Alemana, limitándose casi a repetir los acuerdos firmados tiempo atrás con los Estados de la Alemania democrática prenazi. Recuérdese también que en 1936, apenas tres años después del pacto, la Santa Sede ya había presentado al gobierno del Reich unas 34 notas de protesta por violación del citado Concordato. Y como punto final a aquellas continuas violaciones, al año siguiente, en 1937, Pío XI escribió la célebre encíclica Mit brennender Sorge.

Pío XI escribió Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación, en latín Flagránti Cura), acusando al nazismo de sembrar «la cizaña de la desconfianza, del descontento, de la discordia, del odio, de la difamación, de la hostilidad profunda, oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia».
   
Pero luego, volviendo a las raíces del tema; los opositores a cualquier concordato, no entienden que éstos sean posibles en virtud de una concepción de la Iglesia que es preciosa, sobre todo en épocas dramáticas como aquéllas. Es la concepción católica de una Iglesia como sociedad anónima, independiente, con sus estructuras, su organización, su vicario terreno y cuyo único jefe y legislador es Jesucristo.
  
En resumen, una esperanza que toma realmente en serio la inaudita palabra del Evangelio: «Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios». Es extraordinariamente importante el hecho mismo de que un gobierno (y más uno como el del Führer), acepte pactar con la Iglesia, estableciendo derechos y deberes recíprocos: es el reconocimiento de que el hombre también tiene deberes con Dios, no sólo con el Estado. Es la afirmación de que el césar no lo es todo, como casi llega a hacer el protestantismo con la sofocante creación de las «Iglesias de Estado», al menos en lo que concierne a los hechos. Pese a sus inconvenientes y, pese, como en el caso del nazismo, a no ser siempre respetado, la mera existencia del Concordato confirma que a la larga existe otro poder capaz de resistir y vencer al poder terrenal.
  
Bien es verdad que, una vez declarada la guerra, el Concordato de 1933 fue para Berlín poco menos que papel mojado. Sin embargo, recordó a los creyentes perseguidos que en Europa no sólo existía el omnipotente Tercer Reich. También existía la Iglesia romana, desarmada pero temible hasta para el tirano que, por más que desafiara al mundo entero, no osó pedir a los paracaidistas que tenía situados en una Roma de la que había huido el gobierno italiano, que rebasaran las fronteras de la colina vaticana.
  
VITTORIO MESSORI, artículo «Iglesia y Nazismo», Abril de 1989. En Leyendas negras de la Iglesia, 14ª Edición. Barcelona, Editorial Planeta, 2008. cap. V. «Los nazis y la Iglesia».

BERGOGLIO BLASFEMANDO SOBRE LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO

En su homilía en la ciudad de Villavicencio cuando beatificó a Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y a Pedro María Ramírez Ramos (sacerdotes válidos que fueron asesinados por odio a la Fe), comentando la genealogía de Jesucristo (San Mateo 1, 1-16; 18-23), perícopa evangélica correspondiente en el Novus Ordo a la solemnidad de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María (en la Misa Latina Tradicional, los versos 18 al 23 nada tienen que hacer), Bergoglio dijo las siguientes palabras:
“La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento. En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia”.
  
Momento de la homilía
  
Vemos en el pasaje en cuestión un Misterio grande sobre Jesucristo, del cual, como dijera San Pedro sobre las Escrituras, los necios toman error:
“Todos los errores de los herejes acerca de Jesucristo pueden reducirse a tres clases: los concernientes a su divinidad, a su humanidad, o a ambas a la vez”. (SAN AGUSTÍN, Quæstiónes Evangeliórum, 5,45)
Ciertamente menciona San Mateo que antes de María Santísima hubo cuatro mujeres distintas: Tamar, Rahab, Rut y Betsabé. Rahab y Rut eran extranjeras, pero espiritualmente eran del pueblo de Israel (no tanto por una purificación -en hebreo מִקְוֶה, Mikvé- para ingresar a la nación hebrea, sino por la fe que ejercieron en Dios y sus promesas). Tamar, Rahab y Betsabé fueron pecadoras; pero (y esto es lo crucial en el asunto), la genealogía relacionada por San Mateo es respecto de San José (que utiliza la palabra la palabra génuit -engendró-, deteniéndose en San José, pasando a decir que éste era «virum Maríæ, de qua natus est Jesus, qui vocátur Christus»).
 
Dice el comentario a San Mateo 1, 16 en la versión católica inglesa Douay-Reims:
“El Evangelista nos da el linaje de San José en lugar de la de la Santísima Virgen, en conformidad a la costumbre de los hebreos, que en sus genealogías no dan noticia de las mujeres; pero como ellos eran parientes cercanos, el linaje del uno muestra el del otro”.
Ante la Ley, San José era el padre adoptivo de Jesús, no el biológico (pues fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno virginal de María Santísima). De hecho, San Lucas escribió en su Evangelio que
“Tenía Jesús al comenzar su ministerio cerca de treinta años, hijo, como se creía, de José, el cual fue hijo de Helí, que lo fue de Matat” (Luc. 3, 23).
Sobre este verso (que en la Vulgata es «Et ipse Jesus erat incípiens quasi annórum trigínta, ut putabátur, fílius Joseph, qui fuit Heli, qui fuit Mathat»), el comentario en la traducción inglesa Douay-Reims (siguiendo a Julio Africano, San Jerónimo, Eusebio de Cesarea, San Beda el Venerable, San Anselmo y Santo Tomás, entre otros) dice:
“San José, que por naturaleza era hijo de Jacob (San Mateo 1, 16), ante la Ley era hijo de Helí. Porque Helí y Jacob eran hermanos, de una misma madre; Helí, que era el mayor, murió sin descendencia, y Jacob, según la Ley (Deut. 25, 5 y 6) tomó por esposa a la viuda, y de este matrimonio su hijo José fue reputado como hijo «legal» de Helí”.
 
Por su parte, Santa María fue hija de Helí -aféresis de Heliaquím- (quien según Pedro Galatino, Melchor Cano, Domingo de Soto y Cornelio Jansenio de Gante, es el mismo San Joaquín, suegro de San José -por cierto, Joaquín y Heliaquím se derivan del hebreo יְהוֹיָקִים‎, “Yahveh edificará”), que desciende también de David, por su otro hijo Natán. Mas al ser Inmaculada desde su concepción en razón de que sería la Madre del Verbo de Dios, no podía transmitirle de manera alguna pecado ni influencia pagana a su Hijo, con cuyo Sacrificio en la Cruz nos redimió y otorgó la gracia a los Sacramentos de la Iglesia Católica.
  
En fin, Bergoglio, el mismo que habló de la Cruz como «el fracaso de Dios», ha blasfemado contra la Preciosa Sangre de Cristo, el precio de nuestra Salvación, y como tal, es acreedor de la ira divina:
“Uno que prevarique contra la Ley de Moisés, siéndole probado con dos o tres testigos, es condenado sin remisión a muerte; pues, ¿cuánto más acerbos suplicios, si lo pensáis, merecerá aquel que hollare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del testamento, por la cual fue santificado, y ultrajare al Espíritu Santo, autor de la gracia que recibió en el Bautismo?” (Hebreos 10, 28-29, Biblia de Mons. Félix Torres Amat)

Dos días después de pronunciar su blasfema homilía, en medio de su recorrido por el Papamóvil en el residencial (barrio) San Francisco, en la ciudad de Cartagena, el vehículo frenó bruscamente y Bergoglio, que intentó saludar a un niño, se golpeó la cara contra el marco del cristal de seguridad, causándole una cortadura en la ceja (de la cual expelióse sangre hacia la muceta que llevaba) e inflamación en el pómulo izquierdo.
  
 
Sabemos que muchos acabarán la lectura de este artículo (no muy pulido, huelga decir) completamente escandalizados, diciendo como mínimo “¿Tú no respetas a tus mayores?”, “No eres quién para juzgar y SENTENCIAR a nadie” o cosas peores. A ellos respondemos con San Jerónimo:
“Los perros ladran en defensa de sus dueños, y ¿me callaría yo cuando oigo blasfemar el nombre de mi Dios? ¡Podré morir, pero no callar!”
porque como sentencia Santo Tomás de Aquino:
“Si soportar las injurias que nos alcanzan personalmente (y respetar a las personas que las profieren) es un acto virtuoso, soportar las que atañen a Dios es el colmo de la impiedad”.

martes, 12 de septiembre de 2017

SECUENCIA “Gáudii Primórdium”, DE LA NATIVIDAD DE SANTA MARÍA

El Misal Parisino de 1738 (y a partir de él, todos los Misales galicanos) contaba con la siguiente Secuencia en la Misa de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María (Tomo IV, pags. 145-150), que desde el Introito de la misma (Salmo 88, 3-4 & 1) anuncia la predestinación de que María fue objeto para ser la Madre de Dios.
  
LATÍN
Gáudii primórdium
Et salútis núntium
Diem nostræ cánimus.
Quæ dat hora Vírginem,
Spondet Deum hóminem:
En venit quem quǽrimus.
  
Quam in Matrem éligit,
Hujus ortum dírigit
Deus omnis grátiæ.
Domum quam inhábitet,
Mox e qua nos vísitet,
Ornat sol justítiæ.
  
Quot micat lumínibus,
Suis Deus úsibus
Quod vas fingit glóriæ.
Quot latent mirácula!
Fiet hæc nubécula
In vim magnam plúviæ.
   
Benedícta fília,
Tota plena grátia,
Tota sine mácula:
Cœli quod jam hábitas,
Pande nobis sémitas
Prece, Virgo, sédula.
  
Iram promerúimus;
Christe, pacem pétimus:
Hanc da, Matris précibus.
Ut in nobis máneas,
Corda nostra prǽbeas
Pura culpis ómnibus.
Amen. Allelúja.
   
TRADUCCIÓN
Cantemos en este día
A la aurora de nuestra alegría,
Que presagia nuestra salvación.
Esta hora que nos da la Virgen
Nos promete al Dios Hombre;
Aquél que deseamos pronto vendrá.
  
El Dios de toda gracia
Que la eligió como Madre
Dirige su nacimiento.
El sol de justicia adorna
La morada que habitará,
Y de donde vendrá pronto a visitarnos.
  
¡Con cuantas luces no brilla
Este vaso de gloria
Que formó Dios para su propio uso!
¡Cuantas ocultas maravillas!
Esta nubecilla traerá
Con fuerza una magna lluvia.
  
Oh Hija bendita,
Toda llena de gracia,
Y toda sin mancha.
Desde el cielo donde ya habitas,
Abre para nosotros los senderos
Por tu intercesión activa, ¡Oh Virgen María!
  
Incurrido hemos en la cólera celeste,
¡Oh Cristo!, pedimos tu paz:
Concédenosla por las súplicas de tu Madre,
Para que en nosotros permanezca,
Concede a nuestros corazones permanecer
Purificados de toda culpa.
Amén. Aleluya.

LA ASUNCIÓN, CONDENA DE LA APOCATASTÁSIS (Y de la “misericordina” montini-bergogliana)

Traducción del artículo publicado por Giuliano Zoroddu en RADIO SPADA.
   
   
Hacía años, para la fiesta de la Asunción me sucedió que escuché una homilía que, para ser clementes, diría que fue extraña. El sacerdote comentava el conocido pasaje del Apocalipsis “Signum magnum appáruit in cœlo: Múlier amícta sole, et luna sub pédibus ejus, et in cápite ejus coróna stellárum duódecim” (XII, 1), que, también en el nuevo rito, es la antífona de introito en la Misa de la Asunción. Éste, lejos de cualquier interpretación tanto eclesiológica como mariológica de la “Múlier”, afirmaba con una cierta complacencia que, más allá de las predichas interpretaciones patrísticas, lo que el Apóstol Juan había visto era nada menos que la Humanidad que, al final de los tiempos, toda entrará en la gloria del Cielo.
  
Ahora, nosotros sabemos que en el fin de los tiempos será Cristo Señor, rodeado por el senado apostólico, quien separará a los buenos de los malos, acogiendo a los primeros en la amplitud del Paraíso y arrojando a los segundos entre los tormentos del Infierno. Por tanto, no son todos los que se salvan, sino muchos: “Multi sunt vocáti, pauci vero elécti” (Matth. XXII, 14). Sostener lo contrario y postular también la reintegración de Satanás y de sus ángeles fue el error de Orígenes Adamancio, el grande y docto presbítero alejandrino que vivió entre el 185 y el 254, el cual sostenía “que la bondad de Dios, a través de la mediación de Cristo, llevará a todas las creaturas a un mismo fin” (De princípiis, I, IV, 1-3). Y esta sentencia, que fue condenada formalmente en el Concilio Costantinopolitano II del 553: “Si alguno dice o piensa que el castigo de los demonios y de los hombres impíos es temporal o que tendrá fin luego de cierto tiempo, esto es, que habra un restablecimiento (apocatastásis) de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema” (Can. IX, DS 411), reaparece hoy día en su forma deterior y vulgar que es la “misericordina” y el pensamiento correspondiente, que es mirar un poco el mundo “un poco como Dios mismo miró después la creación, la estupenda y enorme obra suya (¡pero antes del pecado original!) … con inmensa admiración, con gran respeto, con maternal simpatía, con generoso amor”, no cerrando los ojos a las miserias y los pecados humanos, sino mirándolos “con incrementado amor, como el médico mira al enfermo, como el Samaritano al desgraciado dejado herido y semivivo sobre el camino de Jericó”, con “rostro de Madre amante y perdonante”. Todas cosas “redescubiertas” por la Iglesia en el Concilio y gracias al Concilio: las frases entrecomilladas son fragmentos del discurso que Pablo VI, todo optimismo y simpatía inmensa por el humanismo laico, dirigió al patriciado y a la nobleza romana el 13 de Enero de 1966. ¡Evidentemente el Papa Francesco no ha inventado nada!
  
Mas contra estos perniciosos errores, cuya confutación podemos leer por ejemplo en el libro XI del De civitáte Dei contra pagános del sumo Agustín; contra este neoorigenismo modernista, nos viene en socorro la verdad consolante de la Asunción de la Virgen Santísima. María que entra en el Paraíso con su alma y con su propio cuerpo revestido de incorruptibilidad e inmortalidad, nos predica la verdad de fe que si es verdad que Jesucristo murió para rescatar de la potestad del demonio a todo el género humano muerto en Adán, la salvación se aplica no a todos, sino a muchos, esto es, a aquellos que “sunt Christi, qui in advéntu ejus credidérunt” (1Cor XV, 23) como nos hace leer la Santa Iglesia en las Maitines de hoy (15 de Agosto). La Asunta nos recuerda que el Hijo de Dios no se ha unido “con la encarnación, en cierto modo, con todo hombre” (Gáudium et spes, 22), que Cristo no está “de algún modo unido con el hombre —cada hombre sin excepción alguna—, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello” (Redémptor hóminis, 14. Ver también Dives in misericórdia), que no ha asunto en sí todo lo creado (Dóminum et vivificántem, Laudato sii); sino que el Verbo su Hijo, al cual ella fue “arcanamente unida … desde toda la eternidad ‘con un mismo decreto’ (Pío IX, Ineffábilis Deus) de predestinación” (Pío XII, Munificentíssimus Deus), y unido solamente a aquellos que voluntariamente cumplen su voluntad, viven sobre esta tierra “ad supérna semper inténti” (Oración colecta).
  
Por esto, cuando al fin del mundo los muertos resurgirán “cum suis própriis corpóribus … quæ nunc gestant” (IV Concilio Lateranense, Cap. I, DS 801), la Justicia misericordiosa hará que solo las ovejas de la derecha, la humanida santa y salvada, seguirán la suerte de la Asunta, mientras las cabras de la izquierda, la masa de los condenados, irán al Infierno, para ser condenados en el cuerpo y en el alma. A nosotros nos toca escoger en esta vida: imitar a María que nos lleva a Cristo, o al Diablo que nos pierde, sobre todo engañándonos con falsas esperanzas de misericordia (Cfr. San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte, XVI-XVII). El augurio en esta festividad agostana, que es la Pascua de María, es el que encontramos en el sublime Oficio Divino de la Asunta y es que podamos siempre correr “tras los perfumes de los ungüentos” (Antífona tercera de las Laudes y de las Vísperas) de la Virgen para poderla un día ver “coronada sobre el celeste trono a la diestra del Hijo” (Antífona segunda de las Laudes y de las Vísperas) y con ella disfrutar in ætérnum de la visión de la Augusta Trinidad.